De rezar, pensar y el cristianismo.

Luis Pino Moyano[1].

La foto que fue subida en Facebook por el grupo “No más rosarios en nuestros ovarios”, es la que motiva esta reflexión. La fotografía, que fue tomada en el contexto de una manifestación laica, en abril de este año, en la ciudad de Madrid, me anuncia a lo menos tres cosas más allá de su mensaje directo. Su mensaje directo, o literal, es claramente una denuncia rotunda contra la intromisión eclesial y/o confesional en los asuntos públicos: “Si vienes a rezar a mi escuela iremos a pensar a tu iglesia”. Esto después de muchos años, siglos, de la emergencia de la modernidad, la cual, progresivamente, caminó por las veredas de la secularización, desde el cambio de fundamento para pensar el mundo a la muerte de Dios que preconizaría Nietzsche[2]. Entonces, la irrupción de lo religioso en el espacio público, no sería otra cosa que el déjà vu, de lo medieval, en su sentido originario, de lo peyorativamente adolescente, de la pérdida del “uso de razón”. Lo religioso no se condeciría con los avances ni de la ciencia, de la técnica, ni de la sociedad ni de la cultura. El olor a sacristía es el olor a lo mohoso, a lo que ya debería haberse disuelto en el aire[3]. Entelequia. Anquilosamiento. Conceptos que los defensores del laicismo actual piensan cuando la voz religiosa irrumpe en la escena pública. Sin dejar esto de lado, me detendré en las tres cosas que como cristiano se me vienen a la cabeza al ver una imagen como esta. Evidentemente, estas tres cosas, han pasado ya, desde el momento de la impresión a la reflexión más detenida. No pretendo que estas palabras sean tenidas como un análisis acabado de la cuestión, sino, simplemente, como pensamientos en voz alta.

En primer lugar, pienso en una crítica a la religión. A esa religión que justifica, amparando o guardando silencio, los abusos de aquellos que ejercen el poder oprimiendo a otros, a quienes, de una u otra manera, consideran inferiores. La figura de “la espada y la cruz” como símbolo de la conquista, no es otra cosa que el símbolo del triunfo de la prepotencia. Y dicho acto es innegable. A lo largo de la historia del cristianismo han existido una serie de sujetos, ordenados o laicos, que han actuado de consuno con quienes detentan el control del estado, de las empresas, de los ejércitos. Han avalado dictaduras o a tiranos, y con ellos a sus actos represivos y sus sistemáticas violaciones a los derechos humanos, con bendiciones, sermones, encíclicas y otros. O, guardando silencio frente al abuso, que en contextos como esos, no son, sino, otra forma de complicidad. Por otro lado, aparecen los abusos de menores, el control sobre las conciencias, las emociones y las decisiones, las prácticas usureras de corte mercantilista sustentadas en una falsa idea de prosperidad. Es así como la religión, para ciertas personas huele a mentira, maldad, corrupción, hipocresía, dominación. Por ello, dicho olor pútrido no permite a los cristianos dialogar con otros. O no hay horizontalidad en el diálogo, o no se tiene la ética para establecer un justo juicio sobre problemáticas. Cuando se actúa de esa manera, se piensa que los cristianos están pisando un tejado de vidrio. Pero eso, no es todo. Porque esto es dar cuenta sólo del análisis desde afuera. Desde adentro hay mucho que decir. La Biblia, la única y suficiente regla de fe y de conducta de los creyentes, denuncia y condena todos los ejercicios mencionados. Son muchos los textos bíblicos que hablan contra los opresores, contra aquellos que aplastan al pobre, contra aquellos que ofenden, contra aquellos que justifican la maldad. Bástenos un versículo, breve, sintético, pero que contiene de manera clara y profunda la grandeza de esta verdad. El proverbista señala: “El que oprime al pobre ofende a su Creador, pero honra a Dios quien se apiada del necesitado” (Proverbios 14:31). La grandeza de la expresión bíblica está en que coloca el acto de la bondad con el hermano terreno en la espiritualidad. Porque lo que se ataca acá no es sólo la acción, la conducta, todo aquello que deja una huella en la materialidad, sino fundamentalmente, el lugar donde se origina la ofensa: el corazón del ser humano. Por eso, todo lo señalado en el párrafo es una ofensa a Dios. El ejercicio de amor al prójimo, y todo lo que ello conlleva: la escucha, el respeto, la promoción, la defensa de sus derechos, el rescate de su pensamiento y creatividad, glorifica a Dios, es un acto de adoración que traspasa los muros de los templos hacia la totalidad del mundo. Jesús señaló que dar de comer y beber a los fatigados y sedientos, amparar a quien está desprotegido, estar en la enfermedad o en la prisión con quien padece dichas circunstancias, en definitiva, quien ama incluso a los más pequeñitos de sus hermanos, esos actos los está haciendo para él[4]. Por tanto, quien daña a su prójimo o justifica dichas acciones, cierra y oculta su Biblia, atenta contra las enseñanzas de Jesús, saca a la luz todo lo que es. Pues como dice la enseñanza de Cristo, el árbol es conocido por sus frutos. En síntesis, no soy sordo a esta crítica de la religión, porque me lleva a pensar cómo vivo mi fe, a notar en qué está centrada (¿en la cultura dominante o en las enseñanzas de Cristo?) y si me dejo mellar por el individualismo (fruto de la modernidad que parte con un “ego cogito ergo sum” y que es radicalizado por la relatividad posmoderna que desfragmenta todo para centrarse en la particularidad), olvidando a los otros sujetos que pisan la faz de la tierra, sobre todo a aquellos que padecen. Y es que como dijera Pierre Dubois: “Uno no puede evangelizar al mundo obrero y permanecer extraño a sus aspiraciones de liberación”.

En segundo lugar, miro esta imagen con optimismo y con alegría. Sí. Cómo no sentir alegría si entiendo que mi fe debe ser dialogante con el mundo en el que vivo. El cristianismo no es escapismo ni abstracción de las circunstancias de la vida, no debe ser entendido como una pomada milagrosa que nos curará de los dolores, los problemas, que nos hará parar de sufrir. Por el contrario, me río, lloro, me enojo, siento, vivo. Y, por supuesto, también pienso. Porque los cristianos también hemos sido dotados por un cerebro que nos otorga la facultad de dar vida a la comprensión, al aprendizaje, a la reflexión, a la abstracción. Y, eso, y no sólo “rezar”[5] y cantar, o asistir a un templo o capilla, es para nosotros también un acto de adoración. Mi cristianismo no sólo lo vivo encerrado en cuatro paredes o cuando me junto con mis “hermanos”, con mis compañeros en el pleno sentido de la expresión, porque con ellos comparto el pan, mis alegrías y tristezas, mis fortalezas y debilidades, la vida misma, sino también cuando preparo una clase para el colegio en el que trabajo, pensando en que mis alumnos y alumnas sean beneficiados con ello, y eso trasunta en una exposición desarrollada con excelencia y que abre el espacio al diálogo. Pero no sólo ahí, también en mi casa, con mi esposa y mi hijo, cuando compartimos una película, o una comida preparada por nosotros mismos, en la sencillez de la cotidianidad también está el cristianismo. En síntesis, toda vez que hago algo no puedo retrotraerme de mi condición de cristiano. Como cuando estoy solo no dejo de pensar que soy casado y que soy papá. No tengo un traje de cristiano que me saco o me coloco dependiendo de la ocasión. Y la vida de iglesia también desarrolla espacios de conversación, de diálogo, de reflexión, de debate, y eso no la hace menos religiosa. Por eso, si alguien quiere venir a pensar a nuestras iglesias será bien recibido. Sé que no represento a la totalidad de los cristianos, y jamás me arrogaré dicha representatividad (no soy la voz de la iglesia evangélica chilena, ni siquiera de mi congregación), pero estoy seguro que mis amigos, con quienes vivo la comunidad de fe, piensan de manera similar. Las excepciones que pueden presentarse en las iglesias, de gente recalcitrante que no quiere escuchar a otros, y que se complace sólo en hablar, son similares a las que se nos presentan en ciertos espacios, en los que no se nos permite “rezar”. Y para mí, tan grave como disociarme de mi cerebro, es disociarme de mi espiritualidad. ¿Quieres conversar con un cristiano y ser escuchado por él? Presento acá, como mis amigos y amigas no creyentes pueden certificar, esa disposición. El día que te diga que no pienses es porque me fumé algo o tuve un desvarío místico que me hace creer una suerte de gurú que lava cerebros de otro. Pero cuando uno sigue los pasos de Cristo, el de la Biblia y el de la historia, que es el mismo, y vive sus enseñanzas, esa última alternativa no debe tener correlato empírico jamás. Ah!, y cuando te escuche y respete tus diferencias de opinión y vida, también estaré adorando a Dios.

En tercer lugar, y no es que el optimismo y la alegría se me acaben, sino que miro la imagen desde otro ángulo, y veo en ella intolerancia y discriminación. Sí, tal y como suena, intolerancia y discriminación. Esas palabras que hoy suenan en todas partes casi irreflexivamente. Es como cuando en los medios apareció el bulling, pero con el paso del tiempo la frontera de qué es y qué no es bulling, eso terminó diluyéndose. No hago acá una apología de la violencia, para nada. Fue fuerte darme cuenta, cuando el concepto todavía no estaba en uso, que yo junto a compañeros hice bulling. Pero fue gratificante, a su vez, darme cuenta, que lo que podría haber sido considerado bulling contra mí (chico, de nariz prominente, “malo para la pelota”, “ratón de biblioteca”, de estética setentera –con abrigo negro y boina- que hablaba de política y no de animé y, para colmarla, canuto), no me dañó. O sea no alcanzó a ser bulling. No fue. Y quiero insistir, no hago una defensa de la violencia discursiva y práctica, pero tampoco de la victimización. Y ahí está el problema del actual uso conceptual de la intolerancia y la discriminación. Pareciera ser que si como cristiano no pienso y no práctico las mismas cosas que el otro, estoy discriminando. Y eso no es tolerancia, eso es dominación, es violencia epistémica, porque se está exigiendo que unos tengan pensamientos tan líquidos que puedan ser modificados por los pensamientos sólidos de los otros. Entonces, ya no sólo puedo “no rezar” en el espacio público, sino que tampoco puedo pensar con otro en la iglesia. Y como cristiano soy parte de una cultura, de un “mundo de la vida”[6] al decir de Habermas, que no quiere ser moldeada o dirigida por otra, que quiere hacer tabula rasa de lo que creemos y pensamos. Y es que si me quedo sin mensaje, sin Biblia, sin Cristo, sin apóstoles, sin historia (y vaya que a los cristianos nos persigue “la larga duración”), y sigo el ejemplo de otros hermanos y hermanas en la fe que propugnan un “cristianismo beta” para “sociedades beta”[7],  lo que dicho de otra forma es un cristianismo que es “calco y copia” de la ideología y cultura dominante, ¿qué puedo entregar a la sociedad en la que vivo? Si pierdo lo que me caracteriza, lo que me hace ser diferente, simplemente me convierto en masa, que sólo repite monsergas que otros han dicho ya. Me hago participante de otra religión, de otro mensaje, de otra vida. Y eso, parafraseando a Lutero, no es sano para la conciencia. Sería como pedirle a un marxista o a una feminista que deje sus categorías de análisis a la hora de pensar la realidad. Peor aún, sería pensar que las personas no miran la realidad con preconcepciones o presuposiciones. Sería pensar que uno no tiene un “lugar de producción” a la hora de reflexionar y de mirar[8]. Entonces, resulta irrisorio que se me diga que cuando opino sobre el aborto, sobre la homosexualidad, sobre la explotación, sobre la educación, sobre la movimientalidad social, sobre la desigualdad económica-política-y-social, debo sacarme mis prejuicios religiosos, que son “anticuados” y que obnubilan mi mirada colocando “cortinas de humo” que no me permiten pensar. ¿Y el que pide eso, realiza la misma acción consigo mismo? ¿Deja de tener presuposiciones? ¿Entiende que cuando observa, por el sólo hecho de medir, está modificando lo medido?[9] La respuesta pareciera ser negativa. Y eso es violencia. Es presuponer que “mi relato” es superior, que porta mayor inteligibilidad que el del otro. Y, efectivamente, muchos cristianos creen eso, y piensan que hay que exorcizar a los endemoniados que piensan diferente y que en vez de predicar la redención de la humanidad, posible por la vida, muerte y resurrección de Cristo, destrozan las vidas echando pesadas cargas, creyendo que ellos tienen un poder beatífico para convertir a los demás con su moralidad y por eso llaman a marchas, dizque a favor de la familia, contra los homosexuales[10]. Pero nos guste o no, ellos tienen todo su derecho a pensar y vivir su fe y la vida como crean. Como lo tienen, y hablo desde mi contexto más cercano producto de mi vida universitaria, ciertos compañeros marxistas cuando piensan que toda religión es un opio, o ciertas feministas que no toleran los ripios de una masculinidad que lamentablemente fue sólo formada a partir de negaciones: no-niño, no-mujer, no-homosexual[11]. Ideas que parecen repudiables, pero que forman parte de la cultura de una comunidad que ha trazado su propio “mundo de la vida” y en el que, otros, lamentablemente no tenemos cabida. Y eso no es discriminación, es parte de la selección subjetiva con la que un grupo de personas quiere conformar no sólo el ámbito relacional, sino la configuración identitaria que les permita reconocerse en otros que también son yo.

A modo de síntesis de ese largo párrafo anterior diré que claramente me molesta, y no me identifica, cuando cristianos aparecen haciendo declaraciones homofóbicas y xenófobas, o cuando un cristiano comete ilícitos y acciones fraudulentas, o cuando un cristiano no respeta al otro en su diversidad. Pero también me molesta cuando creen que debido a mi religión he perdido ciertas cualidades mentales y se me esencializa en la figura de un monstruo “fundamentalista” (otro concepto de moda vaciado de su sentido histórico). Como también me molesta la victimización que piensa que “todo es discriminación”, no entendiendo que nuestros lugares de producción o nuestras cosmovisiones[12] son diferentes y que eso nos lleva a nominar las cosas de modo diverso y a elegir a las personas con las que queremos vivir la cotidianeidad junto al “rayado de cancha” que permite la convivencia en nuestras relaciones interpersonales. Y, ¿saben por qué me molesta todo eso? No porque sea un gruñón desencantado de la gente, sino porque sólo muestran las ansias de poder sobre los otros que tienen ciertos sujetos, que no quieren aprender ni respetar ni amar ni dialogar, sino ponerse en un estrado y ya sea, desde el conservantismo o progresismo, dictar los enunciados que deben guiar las vidas y las conductas de los demás. E insisto, aprendizaje, respeto, amor y dialogo no significan homogeneidad de pensamiento. Yo no dejo de ser cristiano, ni su mensaje histórico, cuando me abro al diálogo. Yo sigo pensando y viviendo la fe y desde ahí sigo hablando y construyendo mí relato que puede tener muchos puntos de acuerdo, pero que seguirá teniendo divergencias. Metafóricamente, no paso por el campo una aplanadora que arrasa con todo y con todos, sino que sigo lanzando con mi mano extendida la semilla, tal cual lo ordenó el Maestro de Galilea.

“Ya no basta con rezar”, decía y cantaba con la inolvidable voz del Gitano Rodríguez, una vieja película chilena a comienzo de los años setenta. Sí, no basta con rezar. Pero el hecho de que no baste, no significa que deba dejar de hacerlo. El apóstol Pablo decía en una ocasión algo que los cristianos no olvidamos: “oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento”[13]. Nuestra relevancia como cristianos, no está en dejar de lado nuestro mensaje y adaptarnos a las circunstancias. Eso sería actuar maquiavélicamente, dejando de lado nuestra aportación ética en el debate público. Así lo entendieron dos teólogos alemanes que formaron parte de la Iglesia Confesante, una comunidad eclesial que emergió en 1934 como una clara muestra de la oposición a una iglesia muda, silente y cómplice de las ideas del nacionalsocialismo y de su control que pretendía un carácter omnímodo. Me refiero a Dietrich Bonhoeffer[14] y Karl Barth. El primero fue asesinado por los esbirros del nazismo en 1945 y el segundo fue expulsado de Alemania en 1935. Bonhoeffer diría que la iglesia “fue muda cuando debió haber gritado (…) La Iglesia confiesa haber visto el empleo arbitrario de la fuerza bruta, el dolor corporal y anímico de innumerables inocentes, la opresión, el odio y el crimen, sin haber elevado la voz en favor de ellos, sin haber encontrado el camino para correr en su ayuda. Se ha hecho culpable de la vida de los más débiles e indefensos hermanos de Jesucristo”[15]. Esa situación lo llevó a declarar, en otro de sus textos, que: “ciertos cristianos, y en especial los predicadores, creen a menudo que, cada vez que se encuentran con otros hombres, su único servicio consiste en ‘ofrecerles’ algo. Se olvidan de que el saber escuchar puede ser más útil que el hablar. Mucha gente busca a alguien que les escuche y no lo encuentran entre los cristianos, porque éstos se ponen a hablar incluso cuando deberían escuchar. Ahora bien, aquel que ya no sabe escuchar a sus hermanos, pronto será incapaz de escuchar a Dios, porque también ante Dios no hará otra cosa que hablar”[16]. Por su parte, Karl Barth, en su “Esbozo de Dogmática”, declararía elocuentemente, “¡Mejor será salir tres veces de más que una de menos en favor de los débiles; mejor será alzar exageradamente la voz que mantenerla en un tono discretamente bajo allí donde están amenazadas la justicia y la libertad!”[17]. Esta sensibilidad del oído y del alma, que luego se transforma en una clara defensa de los que están agobiados por el sufrimiento de la opresión, nace del entendimiento de que vivir la fe cristiana requiere de dicho compromiso. Ellos no dejan su fe. No buscan la relevancia en argumentos sociológicos o políticos de la época, a pesar de que como todos, eran hijos de su propio tiempo. Su compromiso, su discurso, su acción, proviene del entenderse como cristianos y que como tales deben basar sus enseñanzas en las Escrituras. Si uno ve, la Declaración de Barmen, hecha por la Iglesia Confesante, resultado del “Sínodo de la Confesión del Reino de Dios”, realizado en dicha ciudad, del 29 al 31 de mayo de 1934, más que una declaración de protesta con un carácter partidario militante, es una declaración de protesta bíblica. Es, inclusive, una confesión de fe. En su punto número I señala: “Jesucristo, según el testimonio que de él tenemos en la Sagrada Escritura, es la única palabra de Dios. A ella sola debemos escuchar, en ella sola debemos confiar y obedecerla en la vida y en la muerte. Rechazamos la falsa doctrina según la cual, además y junto a esta una y única palabra  de Dios, la iglesia podría y debería admitir como fuente de su proclamación otros acontecimientos y potencias, otras personalidades y otras verdades como si fueran también revelación de Dios”[18]. En ese sentido, un cristiano encontrará primaria y fundamentalmente el contenido de su fe en la Escritura, en las enseñanzas y en la vida de Cristo. He ahí su relevancia. Porque dicho mensaje no sólo anuncia una hora escatológica, un más allá, sino también, de manera clara y contundente, una palabra para el aquí y el ahora. Palabra de la cual los cristianos no nos debiéramos sustraer para parecer más atractivos y contagiosos en la sociedad. Ese es un riesgo que corremos los cristianos, que para ser tenidos en cuenta en la esfera pública, o para no cometer un suicidio en términos intelectuales, políticos e inclusive laborales, mutamos nuestro discurso, haciendo que este piense y deje de “rezar”. Olvidándonos de que el cristianismo, como dijera Agustín de Hipona, es Cristo. Y ante él no sólo debemos responder con devoción de palabras, con “rezos” y “pensamientos”, sino con vidas con mensaje y sentido, que radicalmente huyan de la cobardía.

Termino citando las palabras de David J. Bosh describiendo la actividad misionera de la iglesia: “Jesús no volaba por las nubes, sino se sumergía en las circunstancias reales de los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos (cf. Lc. 4:18s.). Hoy día también Cristo está donde se encuentran los hambrientos y los enfermos, los explotados y los marginados. El poder de su resurrección empuja la historia hacia su final bajo la bandera ‘¡He aquí yo hago nuevas todas las cosas!’ (Ap. 21:5). Igual que su Señor, la Iglesia-en-misión tiene que tomar parte por la vida y en contra de la muerte, por la justicia y en contra de la opresión”[19].

 

San Bernardo, 1 y 6 de mayo de 2012.


[1] Licenciado en Historia de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Estudiante del Programa de Magíster en Historia de la Universidad de Santiago de Chile.

[2] Nietzsche, Friedrich. Así Habló Zaratustra. Buenos Aires, Gráfico SRL, 2003, p. 249.

[3] Ideas que emergen de la lectura del Manifiesto Comunista. Karl Marx y Friedrich Engels. Manifiesto Comunista. Edición Bilingüe (Español-Alemán), con prólogo de Eric Hobsbawm. Barcelona, Editorial Crítica, 1998. Como señal de agradecimiento por esta valiosa edición debo decir que fue un obsequio de mi pastor y amigo Vladimir Pacheco. Una muestra concreta de que los cristianos estamos abiertos a pensar.

[4] El pasaje bíblico al que me refiero aparece en Mateo 25:31-46.

[5] Ocupo el concepto rezar, para seguir la lógica de la fotografía que provocó esta reflexión, a pesar de que por mi contexto evangélico latinoamericano me sienta más cómodo con la expresión orar.

[6] Véase Jürgen Habermas. Teoría de la acción comunicativa. Tomo 1: “Racionalidad de la acción y racionalización social”. Madrid, Taurus Ediciones, 1998.

[7] Aquí aludo a las ideas de Luis Tapia. “Cristianismo ‘beta’ en un mundo ‘beta’”. Lupa protestante. 28 de junio de 2011. http://www.lupaprotestante.com/redsocial/index.php/opinion/2442-cristianismo-qbetaq-en-un-mundo-qbetaq. Revisada en mayo de 2012.

[8] Véase a Michel De Certeau. La Escritura de la Historia. México D.F., Universidad Iberoaméricana, 1997. Fundamentalmente, el capítulo titulado “La operación historiográfica”, pp. 67-118.

[9] Dos textos que podrían ser leídos para profundizar este punto son: Hans Georg Gadamer. Verdad y método I. “Fundamentos de una hermenéutica filosófica”. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1977 y, desde otra vereda, Immanuel Wallerstein. Abrir las Ciencias Sociales. Informe de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales”. México D.F., Siglo XXI Editores y Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM, 1997.           

[10] Para esto podríamos recordar el texto de Jonathan Muñoz. Por qué no marcho. En: http://luispinomoyano.wordpress.com/2011/07/29/por-que-no-marcho/. Revisada en mayo de 2012. Esta nota fue publicada originalmente en el Facebook de este pastor presbiteriano.

[11] Estas ideas se las debo a mi esposa, Mónica González (Asistente Social de la Universidad del Bío Bío).  

[12] Sobre el tema cosmovisional desde una perspectiva cristiana, véase a: Charles Colson y Nancy Pearcey. Y ahora… ¿Cómo viviremos? Miami, Editorial Unilit, 1999. Para un acercamiento sintético véase Jonathan Muñoz. “Cosmovisión Bíblica: Una (muy) breve introducción”. Estudios evangélicos. Junio de 2010. En: http://www.estudiosevangelicos.org/Fundamentales/Cosmovision%20Biblica.pdf. Revisada en mayo de 2012.

[13] Dicho texto se encuentra en 1ª Corintios 14:15.

[14] Sobre Bonhoeffer, véase la excelente lectura de Manfred Svensson. Resistencia y gracia cara. El pensamiento de Dietrich Bonhoeffer. Barcelona, Editorial CLIE, 2011.

[15] Dietrich Bonhoeffer. Ética. Madrid, Editorial Trotta, 2000, pp. 110, 111.

[16] Dietrich Bonhoeffer. Vida en comunidad. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2003, pp. 90, 91.

[17] Karl Barth. “Una palabra sincera”. Instantes. Textos para la reflexión escogidos por Eberhard Busch. Santander, Editorial Sal Terrae, 2005, p. 110. El texto fue tomado de Karl Barth. Esbozo de dogmática. Sal Terrae, Santander 2000.

[18] La Declaración de Barmen fue tomada del sitio web:

http://www.lareconciliacion.cl/spanisch2/ielch/DECLARACIONBARMEN.pdf. Revisada en mayo de 2012.

[19] David J. Bosch. Misión en transformación. Cambios de paradigma en la teología de la misión. Grand Rapids, Libros Desafío, 2005, p. 520.

¿Es verdad eso de no unirse en yugo desigual?

Tal vez la primera cosa con la que se puede confrontar a un creyente que está considerando una pareja no creyente es que considere que su pregunta viene a ser la misma que hizo la serpiente en el Edén: ¿es verdad que Dios te dijo que no “te unas en yugo desigual”?… la mentira que autojustifican vendría siendo la respuesta de la serpiente “No es cierto” De ahí en adelante, todo mal.

La experiencia dice que son más los problemas que genera un yugo desigual que las alegrías de que un no creyente se rinda a Cristo. Al ser el amor una decisión, puedes tomar la opción de relacionarte con alguien no creyente, pero las consecuencias pueden ser nefastas… pero si quieres “muerde el fruto prohibido”.

Las relaciones las veo como un triángulo equilátero, donde en un vértice está Dios y en los otros dos, el hombre y la mujer, que estarían unidos por la base del triángulo. Dios permanece en su vértice y las personas están cerca o lejos de él en este triángulo imaginario. Mientras más cerca ellos están de Dios, más cercana es la relación entre ellos. Si uno se aleja de Dios, la relación entre ellos también se distancia… el triángulo perfecto se rompe.

Creo que una relación entre un creyente y un incrédulo pasará por lo siguiente (a pesar de los limitados casos en que no ocurre así):

Para estar en una mejor sintonía con la pareja, Cristo deberá pasar a un segundo plano, ya que no hay tiempo ni espacio para la vida devocional, reunirse con otros creyentes, trabajar en evangelismo o misiones, servir en la iglesia local… ni hablar del tema de ofrendas y diezmos… hay que eliminar estas prácticas con el cuerpo de Cristo para mantener la paz en el hogar. O sea, el creyente cede y se enfría.

Si por el contrario el creyente se centra en Cristo, el incrédulo será marginalizado. Como no comprende los puntos anteriores que mencioné, se sentirá desplazado, poniendo en riesgo la relación.

Con el escenario anterior, la relación sufre hasta matarla, quedando heridas difíciles de sanar. Habrá dolor, resentimiento e infelicidad.

No es en vano que Dios haya establecido las relaciones de un creyente con otro creyente. Como sucede en muchos casos en la Biblia llevará, en el peor de los casos, a la apostasía.

La pregunta ¿será verdad lo que Dios dice respecto del yugo desigual? debería ser respondida con un absoluto “SÍ”, y no oyendo la mentira de Satanás que, una vez más, nos dice “No es cierto… prueba y verás”.

Jano Molina, es presbiteriano, misionero urbano, Coordinador de Underfaith Chile e Hispanoamérica. Es casado con Esther y padre de Sofía.

Esta nota que Jano publicó en su blog, nació originalmente en una conversación que se dio en Facebook, en el muro de mi amigo Pablo Vargas. Allí se dieron varias respuestas, y esta, fue tremendamente valorada por todos los que participamos del diálogo virtual. Agradezco a Jano darnos la posibilidad de compartir esta publicación, que esperamos sirva a todos quienes busquen una respuesta bíblica y cristocéntrica a este tema. Experiencias pueden haber muchas. Y es posible que Di0s en su amor redima a los hombres y mujeres de sus errores, porque a pesar de los errores, fracasos y vicisitudes de su pueblo, el plan de Dios siempre triunfará. Pero la gracia, que es cara, nunca es excusa para pecar. Y en estas breves líneas se puede encontrar herramientas para re-orientar nuestra espiritualidad. Porque es allí donde hay que dar la batalla.

Me permito compartirles un fragmento de una de mis respuestas: 

“El matrimonio para los jóvenes cristianos debe ser pensado dentro de la familia del pacto. Un matrimonio entre cristianos no es pecado, están en un yugo correspondiente. Lo que es pecado es no glorificar a Dios de palabra y de hecho. Lo que es pecado es no poner a Cristo como centro de la vida. Lo que es pecado es sentarse cómodamente en los laureles de dizque iglesias triunfantes, mientras tantos mueren y son perseguidos en el mundo por la causa de Cristo. Y un matrimonio debe caminar en pos de las pisadas del maestro. Por eso una buena definición es que “yo la ame a ella, que ella me ame a mí y que juntos amemos al Señor”. 

Cito a Bonhoeffer: ‘Así como se entregaron el anillo mutuamente y ahora lo han recibido por segunda vez de manos del pastor, de esa manera el amor proviene de arriba, de Dios. Así como Dios está en lo alto, por encima del hombre, así también lo están la santidad, los derechos y la promesa de amor. No es su amor lo que sostiene al matrimonio sino, de ahora en adelante, es el matrimonio lo que sostiene su amor’”.

ELEMENTOS BÁSICOS DE UNA VISIÓN REFORMADA DE LA MISIÓN.

Prof. Oswaldo Fernández Giles.

Hagamos un esfuerzo de teología bíblica y de interpretación, relacionando algunas referencias de las Escrituras que nos ayuden a forjar la visión reformada de la misión como una visión bíblica.

1. Dios creador y sustentador todopoderoso de todo lo creado se ha propuesto una misión.

La actividad divina referente al universo y al hombre es una sola. El Dios viviente se ha propuesto redimir y restaurar su mundo para liberar a su creación de todo sistema de maldad. Él tiene todo el dominio y el poder.

2. Existe una relación íntima entre la misión y la iglesia, como pueblo con el que Dios ha hecho un pacto.

La iglesia representa a Dios ante las naciones de la tierra, viviendo “frente al rostro de Dios”. Toda la vida de los creyentes, discípulos de Jesucristo, está sujeta al llamado de Dios soberano, siendo honestos, íntegros, frugales, fieles y laboriosos diariamente en toda tarea humana, porque somos un pueblo bendecido, llamado pactualmente para ser bendición a la familia, a la comunidad y a la creación toda.

 3. La iglesia y la misión han de verse en el contexto del Reino de Dios.

El reino de Dios es una realidad que se manifiesta más allá de la iglesia. Hay una relación entre el mandato cultural y la gran comisión. Dios a través de Jesucristo y la acción del Espíritu está sometiendo toda actividad humana para manifestar su gloria y majestad.

4. La comprensión de la misión de Jesús nos impulsa a comprometernos en la continuidad de su proyecto divino en todos los espacios de la vida humana.

En Jesús, el reino de Dios se ha acercado y debemos cambiar de mentalidad y actitud. Es preciso creer en el evangelio, que Jesús nos reconcilia con Dios y nos llama a servirle sin retirarnos del mundo y de la contaminación cotidiana, por lo contrario nos llama perseverar en la santidad en el mundo. Jesús anuncia el tiempo agradable del Señor, el sentido de la vida humana y de la historia es la de conformar una sociedad reconciliada y armoniosa que glorifica a Dios.

 5. La misión incluye la responsabilidad humana en la visualización de su reino, en el marco de su soberanía divina.

La actividad misionera tiene entre sus metas, que nazcan comunidades cristianas que en la perspectiva del reino de Dios sean reproducidas en nuevas comunidades que se autogobiernen, se autopropaguen y se autosostengan. Comunidades vivas y dinámicas que son capaces de resistir las presiones de la sociedad, de censurar proféticamente su cultura, su sociedad, su gobierno y las ideologías de su contexto y de dar esperanza en que un mundo diferente es posible.

 6. La misión de Dios está relacionada con su reino, que se manifiesta en nuestra historia.

Dios no se detiene en su misión. El ser humano, aunque alejado de Dios, es portador responsable de la imagen de Dios, como tal es un ser digno, un ser creativo, a través de quien Dios hace su historia, redimiendo su creación, visualiza su reino y cumple sus propósitos. Esa historia es una sola historia lineal que va hacia una meta. Es una historia en la cual el pueblo de Dios es un actor especial.

 

 


Notas basadas en el artículo “Aspectos fundamentales de la misión desde el punto de vista reformado”, de Roberto Recker en Revista Teológica Vol. IX, Nº 31-32, 1978 y en David J. Bosch, Witness to the World. The Christian mission in theological perspective. Londres: Marshall, Morgan & Scott, 1980 y en Christopher Wright, La misión de Dios. Buenos Aires: Certeza Unida, 2009.

Doctor en Teología del ISEDET, Decano del Seminario Teológico Presbiteriano José Manuel Ibáñez Guzmán. Estudia, en especial, la historia de la teología latinoamericana a partir de misiología. El texto que presentamos forma parte de los apuntes de su exposición en la Jornada de Reflexión Sinodal "La misión de la Iglesia Presbiteriana en Chile. Lecciones, análisis y desafíos", efectuada en El Tabo, el viernes 26 de febrero de 2010.

“Declaración de Jerusalén sobre el Sionismo Cristiano” (2006)

 

Manifiesto del Patriarcado y Jefes locales de las Iglesias en Jerusalén

 

Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.”  (Mateo 5:9)

El Sionismo Cristiano es un movimiento político y teológico moderno que adopta las posiciones ideológicas más extremas del Sionismo, en detrimento del establecimiento de una paz justa entre Palestina e Israel. El programa cristiano sionista ofrece una visión del mundo en la que el Evangelio se identifica con la ideología del imperio, del colonialismo y del militarismo. En su forma más extrema, pone un énfasis en acontecimientos apocalípticos que conllevan al final de la historia, más que en la vivencia del amor de Cristo y la justicia hoy en día.

Rechazamos categóricamente las doctrinas cristianas sionistas como falsas enseñanzas que corrompen el mensaje bíblico de paz, justicia y reconciliación.

Rechazamos además la alianza contemporánea entre dirigentes y organizaciones sionistas cristianas con elementos en los gobiernos de Israel y los Estados Unidos que actualmente imponen fronteras preventivas unilaterales y dominación sobre Palestina. Esto conduce inevitablemente a ciclos interminables de violencia que minan la seguridad de todos los pueblos del Medio Oriente y del resto del mundo.

Rechazamos las enseñanzas del Sionismo Cristiano que facilitan y apoyan políticas como la exclusividad racial y la guerra perpetua antes que el evangelio de amor universal, redención y reconciliación que enseñó Jesucristo. En vez de condenar el mundo a la destrucción del Armagedón, exhortamos a todos a liberarse de las ideologías del militarismo y de la ocupación. En su lugar ¡A trabajar por la salvación de las naciones!

Hacemos un llamado a los Cristianos en las Iglesias de todos los continentes a orar por el pueblo Palestino e Israelí, ambos de los cuales están sufriendo como víctimas de la ocupación y el militarismo. Las acciones discriminatorias están convirtiendo a Palestina en una serie de ghettos empobrecidos rodeados de colonias exclusivamente israelíes. El establecimiento de los asentamientos ilegales y la construcción del Muro de Separación en tierras Palestinas confiscadas, reducen la viabilidad de un Estado Palestino, y la paz y la seguridad en toda la región.

Hacemos un llamado a todas las Iglesias que permanecen en silencio, a romper su mutismo y hablar por la reconciliación con justicia en Tierra Santa.

Por lo tanto, nos comprometemos con los siguientes principios como vía alternativa: 

  • Afirmamos que todas las personas son creadas a imagen de Dios. A su vez, están llamadas a honrar la dignidad de todo ser humano y respetar sus derechos inalienables.
  • Afirmamos que Israelíes y Palestinos son capaces de vivir juntos en paz, justicia y seguridad.
  • Afirmamos que los Palestinos son un pueblo, tanto Musulmanes como Cristianos. Rechazamos todos los intentos de subvertir y fragmentar su unidad.
  • Hacemos un llamado a todas las personas a rechazar la estrecha visión del Sionismo Cristiano y de otras ideologías que privilegian a un pueblo a expensas de otros.
  • Estamos comprometidos con la resistencia no violenta como el medio más eficaz para terminar con la ocupación ilegal en orden a alcanzar una paz justa y duradera.
  • Con urgencia advertimos que el Sionismo Cristiano y sus aliados justifican la colonización, el apartheid, y la construcción del imperio.

Dios exige que se haga justicia. No hay paz duradera, seguridad, o reconciliación posible sin el fundamento de la justicia. Las demandas de justicia no van a desaparecer. La lucha por la justicia debe llevarse a cabo con diligencia y persistencia pero sin violencia.

“¡Ya se te ha declarado lo que es bueno! Ya se te ha dicho lo que de ti espera el Señor: Practicar la justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios.”  (Miqueas 6:8)

Esta es nuestra postura. Estamos por la justicia. No podemos hacer otra cosa. Sólo la justicia garantiza una paz que lleve a la reconciliación y una vida de seguridad y prosperidad para todos los pueblos de nuestra tierra. Al estar del lado de la justicia, nos abrimos a la obra de paz — y el trabajar por la paz nos hace hijos de Dios.

“Esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación.”  (2 Corintios 5:19)

Su Beatitud, Patriarca Michel Sabbah, Patriarca Latino, Jerusalén.

Arzobispo Swerios Malki Mourad, Patriarcado Sirio-Ortodoxo, Jerusalén.

Obispo Riah Abu El-Assal, Iglesia Episcopal de Jerusalén y el Medio Oriente.

Obispo Munib Younan, Iglesia Evangélica Luterana en Jordania y Tierra Santa.

22 de Agosto, 2006.

Subo esta declaración porque adhiero totalmente a ella. Espero no contarme nunca entre quienes fomentan la odiosidad basándose en una lectura escatomaníaca de la Biblia y predicando, simplemente, la locura de una religión. No podemos justificar el genocidio y las violaciones a los derechos humanos porque provienen de un pueblo que fue escogido por Dios con una misión, pero que con acciones que atentan contra la dignidad de seres creados por Dios, huye de ella, de lo trazado por Dios.

Luis Pino Moyano.

Para discutir sobre el aborto…

Por Manfred Svensson.

Para discutir sobre el aborto considero necesario: 

a)      Evitar slogans. En la medida de lo posible, palabras como “conservador”, “liberal”, “progresista”, “pro-vida”, debemos evitarlas: sirven para sumar gente a buenas o malas causas, pero pueden llevar también a descuidar puntos sutiles y a crear un ambiente de “buenos” y “malos”, obstaculizando así la búsqueda en común del bien.

b)      Evitar sentimentalismo. El aborto es terrible. También son muchas las cosas terribles y dolorosas que puede vivir alguien por no haber practicado un aborto. Nuestra tarea no es poner las dos cosas en la balanza y preguntarnos qué situación nos conmueve más. Ciertamente, ¡ay de nosotros si alguna de ellas no nos conmueve! Pero nuestro actuar y pensar debe estar regido por algo más que eso. Si en lugar de eso se educa una generación acostumbrada a jamás aceptar nada que tenga por consecuencia alguna cuota de dolor, a tal generación la podrán convencer de cualquier cosa.

c)      Dejar de lado el lenguaje de “derechos”. No creo que estemos ante un dilema entre “derecho a la vida” y “derecho a la libertad”. Creo que no existe nada –ni vida ni libertad- a lo que yo tenga “derecho”, sino que debo como cristiano esforzarme por repensar este tema desde la conciencia de que tanto la vida como la libertad son regalos que he recibido, no derechos que puedo reclamar. Debo esforzarme por restructurar la discusión sobre el aborto desde esa conciencia. La idea de un derecho a la libertad respecto del propio cuerpo no sólo omite que en este caso haya otra vida dentro del cuerpo de la mujer, sino que socava también la relación entre hombres y mujeres.

d)     Dejar de lado el “qué dirán”. Éste no tiene por qué estar mal motivado: nos interesa dar un buen testimonio, poder ser testigos fieles del amor de Dios, que el mundo vea en nosotros reflejada la compasión de Dios. Es natural que en tales condiciones nos preguntemos si acaso el oponernos a una flexibilización de la ley pueda ser visto como “poco compasivo”. La preocupación es correcta, pero debe ir acompañada de conciencia de que en algunas ocasiones podemos estar obligados a un actuar que será malinterpretado. No puedo expresarlo mejor que con palabras de Bonhoeffer: “Habrá simplemente que exponerse a la interpretación errónea según la cual sólo actuamos por interés propio, exponernos a la barata sospecha de tener una actitud antisocial. […] Quien aquí se vuelve débil o inseguro no ha comprendido qué es lo que está en juego”.

e)      No “bypassear” al feto. Las preguntas de la discusión, que muchas veces son legítimas, deben ser planteadas de modo que el feto esté incluido en el debate. Su estatuto -qué clase de ser es- es el punto angular de toda la discusión, y tiene que seguir siéndolo. Si no es ese especial tipo de ser que llamamos ser humano, podemos ahorrarnos toneladas de argumentos y conflictos. Pero si lo es, puede ser lícito dejar que el mundo entero se hunda antes que directamente tomar su vida. Fiat iustitia, et pereat mundus.

f)       Evitar el “lenguaje terapéutico”. Si por algún motivo, aunque sea invocando la compasión, se considera lícito dar muerte a otro ser humano, esto debe ser dicho abiertamente, con palabras francas. Si se considera lícito hacerlo en una etapa temprana del desarrollo humano, debemos preguntar por qué no sería lícito hacerlo tras el parto. Se puede y debe ayudar a la gente a ser coherente. “No puedo convencer a nadie, no puedo obligar a nadie; pero sí puedo obligar a otros a darse cuenta, a tomar conciencia” (Kierkegaard).

g)      Distinguir planos y huir de la soberbia. Si concluyo que el aborto directo siempre es no sólo un delito sino un acto moralmente gravísimo, tengo que seguir siendo capaz de acoger, comprender y amar a una mujer que se haya practicado un aborto. Tengo que aprender a mirar a todos como superiores a mí (Filipenses 2:3).

Creo que, por difícil que sea, es posible compatibilizar los puntos precedentes. Si releo lo que he escrito tiempo atrás sobre el aborto, debo confesar que no siempre he cumplido con estas básicas normas de discusión. Pero por si a alguien le sirve se encuentra aquí.

El post actual fue escrito por Manfred Svensson (Presbiteriano, Dr. en Filosofía por la Universidad de München) y publicado en su Facebook el jueves 15 de marzo de 2012. Lo subo al blog con el permiso del autor, puesto que comparto estas premisas para la discusión que se está dando en el país sobre el aborto terapéutico.

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